“ES QUE VIENEN MUY ENFERMOS”
El otro día, entre café y café, comentaba yo con un amigo que me parece inadmisible que en la educación obligatoria se hable de fracaso escolar (y no de fracaso del sistema) y, lo que es más grave, que a esos que “fracasan” se les excluya del sistema derivándolos por itinerarios diferentes a los del resto de alumnos.
Pensaba yo, que siendo mi amigo uno de esos chicos que había sido excluído del sistema (concretamente, a alguien le pareció en su día que este chico no sería capaz de superar los mínimos exigidos por la ESO, y decidió que su destino debía ser un Programa de Garantía Social), estaría totalmente de acuerdo. Pero cual fue mi sorpresa, cuando me contestó que él había hecho lo que se merecía hacer, porque no era capaz de más. Estaba totalmente convencido de que si no había superado la ESO como el resto de sus compañeros era porque no se había esforzado lo suficiente, y su bajo “nivel” habría entorpecido el avance de sus compañeros, por lo cual la decisión más sensata era separarlo del grupo.
Fue entonces cuando por primera vez vi claro por qué se mantiene y perpetúa el sistema que tenemos: resulta que tenemos un sistema que “fracasa” en la educación obligatoria que ofrece a la población. Cualquier sistema con un fracaso tan estrepitoso duraría más bien poco en la sociedad, pero el sistema educativo no. ¿Y dónde está la diferencia? Pues la diferencia está en que cuando un sistema no funciona, normalmente es culpa del sistema, no de sus clientes. Pero en educación hemos encontrado una forma maravillosa de quitarnos responsabilidades de encima, porque cuando el sistema fracasa, la culpa es del alumno, que no hizo lo que tenía que hacer (porque es un vago, un torpe, no atiende, su familia no le educa, no tiene interés por nada, pasa olímpicamente de lo que se le dice, no quiere estudiar…).
Si en el sistema sanitario se nos murieran la mayoría de los pacientes y alguien se excusara diciendo que la culpa es de los pacientes, que venían muy enfermos o que no supieron aprovechar los tratamientos que nosotros, médicos conocedores de la materia, con tan buen criterio les recomendamos, nos echaríamos las manos a la cabeza. Sin embargo, cuando un alumno fracasa, nosotros, maestros expertos en lo nuestro, podemos decir que no venía educado de casa o que no supo aprovechar nuestras buenas clases (porque es un vago, un torpe, no atiende…) y quedaremos exentos de toda responsabilidad. ¿Cómo puede ser esto posible?
Pues es posible porque no somos nosotros los que decimos que el alumno es torpe o viene muy mal de casa: quien lo dice es la ciencia. Es la ciencia quien, de forma objetiva y aséptica, nos acredita que los alumnos son los responsables de su propio fracaso. No soy yo quien dice que este alumno no alcanza los mínimos, sino que lo dice este examen cuyos resultados son objetivos. No soy yo quien afirma que este alumno tiene una baja inteligencia, sino que lo afirma esta objetiva prueba estandarizada. Y es precisamente esta pretendida objetividad de las evaluaciones docentes la que nos convence de que la culpa es de los alumnos. Es la magia de los números, que tienen la propiedad de reflejar cualquier aspecto de nuestras vidas sin riesgo de equivocación. ¿Por qué me excluyen del sistema? Porqué saqué un 4 en el examen, porque mi CI es de 80, porque…. Como si detrás de los números no estuvieran las intenciones y los intereses.
Pero el peligro no es que nos intenten hacer creer que los números son objetivos. El peligro es que nos lo creamos, con las repercusiones psicológicas que esto conlleva. Los alumnos, que son personas con sentimientos aunque a veces intentemos olvidarlo, van construyendo su autoconcepto en base, entre otras cosas, a los resultados que la escuela le atribuye. Dado que la evaluación es totalmente objetiva, si suspendo es porque soy poco inteligente y no me esfuerzo, y si me excluyen, es porque me lo merezco. Si un alumno tiene estas concepciones sobre su propia persona, no es de extrañar que acepte sin más que lo rechacen en el sistema. Así, la dominación es la más estable posible, puesto que el dominado está compartiendo los esquemas de pensamiento del dominador. Una persona que comparte los esquemas de otra nunca se revelará contra ella, porque no verá en su actitud injusticia, porque entenderá que hace lo adecuado.
Cuando escuchamos a una mujer maltratada decir que le pegaban porque se lo merecía, porque ella había dado motivos, no somos capaces de entender cómo una persona puede estar tan erosionada psicológicamente para llegar a pensar esto. Sin embargo, por tosco que pueda resultar el símil, si un alumno dice que lo excluyeron del sistema porque se lo merecía, porque se lo ganó a pulso, nadie entenderá que este pensamiento se deba a un deterioro de su autoconcepto.
Yo sólo conozco de cerca el caso de mi amigo, pero ¿cuántas víctimas arroja el sistema cada año? Quizá sea momento de que nos replanteemos de quién es la culpa, de que dejemos de quejarnos porque “vienen muy enfermos”.
- Estefanía Almenta López -